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sábado, 10 de diciembre de 2011

MIENTRAS FUMAS


Isaí Escalada. Te miro de reojo. Acabas de encenderte un cigarrillo, al que das varias caladas mientras esperas impaciente que te vengan a recoger. Pareces una actriz de cine. Podrías protagonizar cualquier película que te propusieras. Solo tendrías que engatusar al cualquier enamoradizo productor con tus piernas infinitas. Tú lo sabes. Te atusas el pelo. Das una nueva calada. Dos. Tres. El cigarro se consume en tus carnosos labios que no necesitan de pintura de roja para ser resaltados. Te sigo observando en silencio.

El tiempo se esfuma, se extingue, como tu cigarrillo. Le das el último beso y lo tiras al suelo. Lo pisoteas con tus estilizados zapatos de tacón. Te sigo mirando. Vuelves a atusarte el pelo. Siento unas ganas irrefrenables de acercarme a ti, de hablarte, de susurrarte al oído. Entonces, cosa rara en mí, me envalentono y lo hago. Toco tu hombro. Te giras. Sonríes. Te abro mi corazón.

- Perdona, cacho cerda, ¿podrías recoger la colilla y tirarla a la basura?

Me marcho, sin volver la cabeza atrás. Nunca soporté a la gente que tira cosas al suelo y se queda tan ancha.

domingo, 28 de agosto de 2011

LA MUJER DE FARO


Isaí Escalada. "Eres español. Mi madre era de Huelva, pero murió y yo no pude conocer España".

Lo dice en portugués, pero la entiendo perfectamente. La barandilla es suficientemente grande y hay espacio, pero ella se ha puesto a mi lado. Lleva ya tiempo a mi lado. Tiene cerca de cincuenta años, es menuda y lleva puestas unas grandes gafas que le cubren gran parte de la cabeza. Canta, baila y habla sola. Me mira de reojo para ver si la observo. Y vuelve a hablarme. Yo asiento y respondo. Escuetamente.

Ella sigue en su mundo. No sé si habrá tomado alguna droga o simplemente es así. Por momentos parece una niña pequeña encerrada en un cuerpo que no le pertenece. Ha envejecido prematuramente. Sigue hablándome y saca una destartalada cámara de fotos. Hace fotos al escenario que hay dispuesto en el puerto. Parecen desenfocadas, pero no le digo nada. Ella se afana en explicarme cosas del espectáculo que va a tener lugar a continuación. Yo la escucho. Asiento. Digo algo que no recuerdo. Me hace gracia. Le sonrío.

De repente, en los altavoces, comienza a sonar Amigos para siempre, de Los Manolos. Ella, cómo no, comienza a tararearla. Y me mira y sonríe. Entonces yo aprovecho un despiste y me voy de su lado. Me pierdo entre el bullicio de los turistas que abarrotan el puerto de Faro. Hace un rato me hubiese apetecido invitarla a una cerveza, pero ha logrado incomodarme. No me apetece entablar más lazos emocionales.