Carlos G. Velasco. 'Somos hermanos. No tenemos por qué gustarnos' con esta lapidaria frase puede resumirse la esencia de 'A casa por vacaciones', la infravalorada película que Jodie Foster dirigió allá por 1995 y que supone una de las críticas más feroces a ese motor que supuestamente forma la sociedad: la familia.
Once años antes, Almodóvar hizo lo propio en '¿Qué he hecho yo para merecer esto!' con un peculiar retrato de una familia obrera que vive en el madrileño barrio de la Concepción. El rosario de miembros era cuanto menos vistoso: padre taxista, machista e infiel; madre, insatisfecha y adicta a los fármacos; abuela, diabética y usurera; hijo mayor, buscavidas y camello; hijo menor, chapero y dibujante...
Estos ataques a tan histórica institución, a ese elemento mínimo y natural en que se divide toda sociedad, no vienen sino a plantar cara a modelos mejor avenidos en la gran y pequeña pantalla como la edulcorada tribu de los Brady, la sobrealimentada tropa de los Martín o Serrano o a los menos convencionales Adams (que no por eso menos felices).
Pero, ¿qué es la familia?
Para muchos, el pilar fundamental en que se sustentan, un apoyo, salvación y cura, un refugio, lo más importante.
Para otros cuantos, un grupo de seres entre el que se nace y cría y al que se aprende a querer/odiar/aguantar con el tiempo.
¿Entre cuál os encontráis?
Pero, ¿qué es la familia?
Para muchos, el pilar fundamental en que se sustentan, un apoyo, salvación y cura, un refugio, lo más importante.
Para otros cuantos, un grupo de seres entre el que se nace y cría y al que se aprende a querer/odiar/aguantar con el tiempo.
¿Entre cuál os encontráis?